COCHES DE NIÑOS
José Balza
Al tercer día, y justo donde la inmensa avenida se transformaba, fue cuando Erja Vettenranta dio importancia única al detalle.
Para entonces era veinte de abril, el cielo seguía siendo esmalte de azul claro y la temperatura demasiado fría, aunque los tulipanes de los pequeños jardines centrales asomaban ya sus cabezas poderosas y de sutiles colores.
Acababa de abandonar el hotel y caminaba con prisa porque había descubierto de repente que el sweater elegido no era suficientemente protector. Y no podría devolverse: estaba casi segura de que alguien la observaba.
José Balza
Al tercer día, y justo donde la inmensa avenida se transformaba, fue cuando Erja Vettenranta dio importancia única al detalle.
Para entonces era veinte de abril, el cielo seguía siendo esmalte de azul claro y la temperatura demasiado fría, aunque los tulipanes de los pequeños jardines centrales asomaban ya sus cabezas poderosas y de sutiles colores.
Acababa de abandonar el hotel y caminaba con prisa porque había descubierto de repente que el sweater elegido no era suficientemente protector. Y no podría devolverse: estaba casi segura de que alguien la observaba.
EL CASO ABRAMAVICIUS
Ricardo Menéndez Salmón
Vassily Pavlovich Aksentiev, conde de Abramavicius, había nacido en San Petersburgo en 1883. Heredero de una incalculable fortuna, célibe y sin hijos, la revolución de octubre del 17 le arrancó sus propiedades en Nijni-Novgorod, con sus muchas deciatinas de magníficos bosques y campos cultivables, sus legiones de almas campesinas, sus asombrosas reservas de cebada, grano y azúcar. Sin embargo, la colectivización de sus tierras y la conversión de su residencia veraniega en escuela pública para los desdentados hijos de los mujiks, no impidieron que huyera a Francia llevando consigo una nada despreciable cantidad de oro, las joyas de su abuela Ekaterina Filipovna, amante del divino Pushkin, y un legado de iconos del período bizantino tardío sin rival en Occidente.
HIJO
Nicolás Melini
Estaba viendo la tele en su habitación. Acababa de anochecer, muy temprano, cuando, al otro lado de la puerta, se escuchó una voz:
—¿Mamá?
Berta miró hacia la puerta. Se trataba de la voz lenta y grave de su hijo. Podía imaginarlo plantado allí detrás, su uno noventa de estatura, grande y pesado, inclinándose junto a la puerta para llamarla como en susurros.
—Qué —respondió Berta con normalidad, sin apartar la vista del televisor.
—Estás viendo la tele —dijo su hijo.
No era una pregunta, sino, más bien, una súplica, la afirmación de cuyo tono se traslucía un ligero reproche.
Berta volvió a mirar hacia la puerta.
—Sí —respondió, sin más, no quería dar mayor importancia a que su hijo de veinte y tres años hubiese venido a llamar a la puerta de su habitación al oscurecer.
Pero su hijo repitió, como una súplica:
—Estás viendo la tele, mamá.
—Sí, estoy viendo la tele —dijo Berta, intentando que su voz fuese como un bálsamo—. ¿Y tú, hijo? ¿No deberías irte a la cama?
—En la tele suceden cosas malas —advirtió su hijo.
—¿Mamá?
Berta miró hacia la puerta. Se trataba de la voz lenta y grave de su hijo. Podía imaginarlo plantado allí detrás, su uno noventa de estatura, grande y pesado, inclinándose junto a la puerta para llamarla como en susurros.
—Qué —respondió Berta con normalidad, sin apartar la vista del televisor.
—Estás viendo la tele —dijo su hijo.
No era una pregunta, sino, más bien, una súplica, la afirmación de cuyo tono se traslucía un ligero reproche.
Berta volvió a mirar hacia la puerta.
—Sí —respondió, sin más, no quería dar mayor importancia a que su hijo de veinte y tres años hubiese venido a llamar a la puerta de su habitación al oscurecer.
Pero su hijo repitió, como una súplica:
—Estás viendo la tele, mamá.
—Sí, estoy viendo la tele —dijo Berta, intentando que su voz fuese como un bálsamo—. ¿Y tú, hijo? ¿No deberías irte a la cama?
—En la tele suceden cosas malas —advirtió su hijo.
UN DESAYUNO REAL
Ernesto Pérez Zúñiga
Hoy me ha traído el desayuno a la cama: una bandeja con una tetera metálica y un plato en el que había una única manzana de color verde intenso, que mi amante ha frotado hasta hacer evidente su belleza para alguien que se ha levantado, yo, el estúpido e insistente yo, inquieto una vez más por el tiempo que dedico a la preparación de la bomba: nunca el suficiente. Por supuesto, influye en mi retraso que estoy leyendo el manual de explosivos en una lengua que manejo con mucha imperfección, mayor imperfección que mi neurosis.
SALAMANCA
Juan Carlos Méndez Guédez
Miró la plaza: vértigo de oro; óxido, agua temblorosa puliendo cada piedra. Extendió su mano y se aferró al brazo de la mujer. Caminaron con acelerados pasos y sintió un chispazo en la cadera. Justo al detenerse quiso comentarlo pero no pudo abrir la boca: el frío mordió sus labios.
—Vamos —dijo la mujer y avanzaron hacia la Rúa.
Él quedó en silencio. En el fondo agradecía que el aire helado hubiese adormecido su boca.
La ciudad entraba en ellos. Cubría sus huesos. Envolvía cada poro con rotundidad. «Igual que la desnudez a los veinte años», pensó él y apretó el brazo de la mujer. Caminaron unos metros hasta que atisbaron la Catedral nueva. La mujer alzó la mano para señalar una de las puertas. El aire pareció crujir; juego de sombras, claroscuros, ruidosas telas. Un bultoirrumpió a su lado derecho y trastabilló.
—¿Estáis locos? ¿No sabéis lo que pudo ocurrirme? —murmuró con ira un anciano de ojos azules y cabellos pálidos.
—Vamos —dijo la mujer y avanzaron hacia la Rúa.
Él quedó en silencio. En el fondo agradecía que el aire helado hubiese adormecido su boca.
La ciudad entraba en ellos. Cubría sus huesos. Envolvía cada poro con rotundidad. «Igual que la desnudez a los veinte años», pensó él y apretó el brazo de la mujer. Caminaron unos metros hasta que atisbaron la Catedral nueva. La mujer alzó la mano para señalar una de las puertas. El aire pareció crujir; juego de sombras, claroscuros, ruidosas telas. Un bultoirrumpió a su lado derecho y trastabilló.
—¿Estáis locos? ¿No sabéis lo que pudo ocurrirme? —murmuró con ira un anciano de ojos azules y cabellos pálidos.
CONTRA LOS ÍDOLOS
Juan Carlos Chirinos
—Me dejo engañar por la imagen de las mujeres. La forma de unos ojos o el tamaño de un pezón son suficientes para juzgar si una mujer es una leal esposa o una pérfida cuyos únicos objetivos en la vida son el dinero y las comodidades. Con los hombres no me ocurre lo mismo; tal vez se deba a que estoy más lejos de ellos que de las mujeres, con quienes comparto la totalidad de mi tiempo. No sé nada sobre la maldad de la testosterona.






